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La adicción a superarte: cuando crecer se convierte en una guerra contigo


Introducción


Hay algo que me llama mucho la atención en todo el mundo del crecimiento personal. En teoría, queremos estar mejor, ser más conscientes, más libres, más equilibrados, pero muchas veces lo que veo no es expansión, son personas peleándose consigo mismas. Y eso es importante decirlo claro: hay una forma de crecimiento que no es crecimiento, es violencia interna. No violencia de gritarte delante del espejo. Violencia más fina, más elegante, más aceptada socialmente, la violencia de exigirte constantemente porque, en el fondo, sientes que así como eres no es suficiente.


El problema no es querer mejorar


Que quede claro: querer crecer no tiene nada de malo. El problema no es el objetivo. El problema es desde dónde te mueves. Porque tú puedes ponerte un objetivo desde el disfrute…O puedes ponértelo desde el “tengo que cambiar de una vez”..., y eso lo cambia todo.


Cuando el impulso nace del rechazo, cada meta lleva implícito un mensaje muy sutil: “Así como soy ahora no está bien.” Entonces te pones a hacer cosas, te impones hábitos, te obligas a madrugar, te fuerzas a meditar, te empujas a ser tu mejor versión y no te das cuenta de que la energía que sostiene todo eso es el conflicto interno, no una voluntad real de crecimiento y aprendizaje.


La trampa del “tengo que”



A mí esto me parece clave: el “tengo que” suena responsable, suena adulto, suena disciplinado,

pero internamente genera una división. Hay una parte de ti que quiere conseguir algo y hay otra que no quiere que la empujen. Y cuando tú decides imponerte, lo que haces es convertirte en tu propio padre exigente. De pequeño te imponían cosas y cuando creces y los demás dejan de imponerte, decides imponerte tú. Y seguimos con la misma dinámica. Eso no es madurez, eso es haber interiorizado la imposición como algo normal, lo que debe ser.


Cuando mejorar nace del desprecio


Hay una pregunta muy incómoda que casi nadie se hace: ¿Estoy intentando crecer porque me apetece…o porque no soporto cómo soy? Si la respuesta honesta es la segunda, entonces cada intento de mejora va a estar cargado de tensión. Porque no estás avanzando desde la coherencia. Estás huyendo. Y cuando huyes, nunca llegas a ningún sitio, solo cambias de escenario, entonces consigues algo y al poco tiempo ya estás pensando en lo siguiente:


  • Otro logro.

  • Otro nivel.

  • Otro paso.


Y la sensación de fondo sigue siendo la misma:“Todavía no es suficiente.”


Señales de que te estás atacando (aunque lo llames crecimiento)


  • Te cuesta descansar sin sentir culpa.

  • Nunca disfrutas del todo lo que consigues.

  • Siempre hay un siguiente objetivo más importante.

  • Te comparas constantemente.

  • Tu diálogo interno es más exigente que comprensivo.


Desde fuera parece ambición, pero por dentro se siente como presión constante. Y eso agota, no porque no seas capaz, sino porque estás dividido.


El cambio que no nace de la imposición


Lo paradójico es que muchos cambios profundos no ocurren cuando te aprietas más, ocurren cuando entiendes algo, cuando resuelves un conflicto interno, cuando dejas de pelearte con una parte de ti, cuando aceptas algo que llevabas años intentando eliminar, en ese momento, la mente se calla. No porque la hayas silenciado, sino porque ya no tiene nada que defender. Y ahí el cambio sucede sin violencia, sin “tengo que”, sin lucha y sin ese ruido constante de fondo.


No se trata de dejar de crecer, se trata de dejar de atacarte en nombre del crecimiento. Porque si el motor es el rechazo, el destino siempre será insuficiente. Pero si el motor es la comprensión, el proceso cambia. Entonces no te mueves para huir de ti, te mueves porque estás en coherencia contigo y eso no se siente como esfuerzo forzado, se siente… bastante más sencillo y honesto.




 
 
 

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